Blogia
ALEX

NOVELA

Capítulo 8 Novela: "El equilibrio es imposible"

Último capítulo de esta novela escrito por meri,con esto hacemos punto y final, espero que os haya gustado...

El curso pasado, mi hermana y yo compartíamos colegio, un centro privado en el que estábamos rodeadas de monjas francesas, y un día cuando yo me acerqué para hablar con ella, me dijo sin nisiquiera saludarme:
-Yo nací desnuda y sin vergüenza... ¿Por qué ahora me visto, por qué ahora tengo vergüenza?
Yo no supe qué contestar, ya que no era propio de Idoia soltar ese tipo de cosas, esas barbaridades que diría la abuela Sole, y al final se me ocurrió decir:
-Ayer estabas tan alegre que parecía que volabas, y esa alegría era contagiosa.
-Pero ayer era ayer y hoy es hoy -respondió- Y hoy estoy triste.
Entonces se acercó Marta Etura, una de sus mejores amigas, para pedirle no sé qé favor, y sonó el timbre y cada una se fue a su aula. Idoia con sus compañeros de segundo, y yo con los míos de primero.

En la mayoría de las clases, Bárbara se sentaba conmigo. Era, es, una chica que resulta bastante atractiva por la seguridad con que lo dice todo, de una forma casi arrogante, pero sin llegar a molestar, simplemente transmitiendo una confianza en sí misma que ya quisiera yo para mí, y su forma de mirar, su actitud, sus contestaciones...

Durante estos últimos tres años, mis dos mejores amigos, o las personas con las que más he congeniado, aparte de mis hermanos, claro, han sido Bárbara Goenága, a la que acabo de mencionar, y Asier Etxandía, un chico cuatro años mayor que yo, que además de llevar todas mis bolsas cargadas de trapitos siempre que vamos de tiendas, tiene un corazón enorme, y aunque a simple vista pueda dar una imagen de chico frío, la mayoría de veces es muy cariñoso, y a veces se comporta como un auténtico angelito conmigo, y me abraza y me besa como si fuera su novia.

El lunes, después de llegar de la dichosa presentación del puñetero libro de mi jodida tía Lucía, un amor a veces, un amor que amaba, que sigue amando en alto secreto a Catherine Deneuve, me quedé dormida en mi cama, sintiendo como se iban mis ideas, mis pensamientos, el dolor, el miedo, la conciencia de mi misma...
Veinte horas más tarde me despertó el insistente timbre del teléfono:
-¿Diga?
-Olaia, escúchame bonita, yo quiero que tu vida, nuestra vida, salga adelante, quiero que vuelvas a ser la que eras...
-Ya...
-Pero no es cosa de hablar esto por teléfono. Me gustaría hablar contigo con calma. Hace mucho que no hablo contigo... Que no hablo contigo de nuestras cosas, ya me entiendes, como antes... Nos hemos distanciado tanto últimamente...
-Sí...
-¿Por qué no quedamos para comer? ¿Tienes algo que hacer hoy?
-No, pero...
-No hay peros que valgan. Quedamos.
-Es que no me encuentro muy bien...
-Eso dices siempre. Paso a recogerte en media hora. Ponte guapa.
¿Cómo iba a ponerme guapa si me sentía hecha una mierda tanto por dentro como por fuera? ¿Cómo iba a reunir la energia necesaria para elegir un modelo en el armario, para ducharme, para pintarme los labios, para ponerle buena cara a la gente, para olvidar que Paúl ya no me quiere, que se ha cansado de mi, que ahora simplemente me quiere "mucho"?

Me tumbé en la cama deshecha sintiéndome infinitamente cansada y no me dí cuenta de que había dejado pasar una hora en blanco hasta que sonó el timbre del telefonillo.
-Dame un minuto -le dije a Asier.
Me llevó cinco ducharme, ponerme el último pantalón limpio que encontré en el fondo del armario, recogerme el pelo en un moño improvisado y echarme unas gotitas de mi perfume fetiche, el de olor a cítrico.

Asier me esperaba en la acera, impecablemente vestido, como siempre.
-Hija de mi vida, estás hecha una facha.
En otras circunstáncias hubiera protestado, pero no me sentía con fuerzas, ni con argumentos para hacerlo. Él me cogió por el brazo y me arrastró hasta meterme en un taxi. Por fin, ya en el restaurante, cuando el camarero traía los postres, me entró un deseo de vaciar de una vez todos los tormentos de mi conciencia en el pecho de mi amigo, y entre cucharada y cucharada de mousse le conté todo con sinceridad absoluta. Asier suspiró, me cogió la mano por encima del mantel y me dijo:
-Pues, ¿eso es todo?
-Hombre, ¿te parece poco?
-Poco no. Mucho tampoco.
-Asier, que tengo diecisiéte años, que no es normal que con dieciséis recién cumplidos perdiera mi virginidad con un pianista de jazz siete años mayor que yo... Encima me enamoro de él como una imbécil... Y, ¿qué hace él? Pues Paúl, el chico de los buenos modales, el mismo que domina el inglés a la perfección, se olvida de su pequeña Olaia y la deja, la deja tirada como si de una mierda se tratara. Y ahora... ahora sólo me queda el recuerdo de aquella noche en el hotel.
-Yo te conozco Olaia, y por eso quiero que reacciones. Te he visto de mala hostia, te he visto borde, te he visto metepatas... te he visto hecha una imbécil muchas veces, pero nunca te he visto así... Tu família te quiere, tus amigos te quieren, yo te quiero rayito de sol...
-Asier, yo te agradezco infinitamente que te pongas de mi lado pero me reconocerás que un poco tonta si que he sido...
-Joder, Olaia, estamos hablando de una relación que estaba muerta antes de nacer, de un tío mayor que tú que tenía otros compromisos hechos. Y además, tú precisamente no eres una chica a la que le falten ofertas, y aunque te faltaran, no eres el tipo de chica que necesite un tío al lado.
-¿Y tú que sabes? Tú, por si acaso, si tienes uno.
-Pero no lo he tenido durante mucho tiempo y tampoco se me caía el mundo encima por eso. Y además, mira lo que te digo, en el caso de que necesitaras un chico, ese chico no sería Paúl. Y punto. Además, que sepas que hoy me he estado empollando en la peluquería el horóscopo del Cosmopolitan.
-El Cosmopolitan... Eres una petarda.
-A mucha honra. Y que sepas que siempre me empollo no sólo lo que dicen de mi signo, sinó también el de todos mis amigos. Y a las géminis les decían que van a atravesar una etapa de crisis, de profundo cambio, de la que saldrán renovadas.
-Ya, claro. En todo caso yo creo en el horóscopo celta.
-Por supuesto, casi se me olvida, la señorita Ferreiro nación en Galícia y debe seguir las tradiciones de sus antepasados.
-Como me conoces... ¿Me acompañas a casa?
-Anda, vamos, loquita, que estás más loquita...

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

Capítulo 7 Novela: "El equilibrio es imposible"

Capítulo séptimo de esta novela escrito por meri:

Todo lo que viene es nuevo
Todo lo que viene es nuevo
Todo lo que viene es nuevo
Todo lo que viene es nuevo

La última semana de octubre la pasamos en Bilbao con motivo de la presentación del nuevo libro de Lucía. Como mi tía nos había anticipado, nos habían adjudicado una habitación doble para los tres, Iker, Idoia y una servidora, pues cada año en fechas de presentaciones o congresos se agotaban en Indautxu las habitaciones, y si no dormiamos en la misma habitación, uno de los tres había tenido que hospedarse en un hotel de mala muerte en las afueras de la ciudad.

Por supuesto, ni a mis hermanos ni a mi nos importaba lo más mínimo compartir habitación, ni tampoco veíamos como desaire de la organización el hecho de que no nos hubieran reservado tres plazas. De hecho, yo estaba encantada con la idea. En general no me gustaba nada compartir mi espacio, pero con mis hermanos era distinto, puesto que ya estaba muy acostumbrada a que fuera Iker quién recogiera la ropa que Idoia y yo desperdigabamos por el suelo cada noche, antes de dormir, quien la doblara y la colocara en una silla, refunfuñando entre dientes, a que fuera él, quien nos arropara en medio de la noche, después de que nosotras nos deshiciéramos, en sueños, de las sábanas a patadas, a que Iker hiciera, en suma, de nuestra madre, anque yo sólo supiese identificar ese carácter como fraternal.

La presentación de su novela no fue precedida de ninguna expectación. Todo resultó muy sobrio en comparación con anteriores presentaciones.
Lucía engatusó al público con su vestido ceñido, y su sentido del humor. Lo bueno fue que después de la ya nombrada presentación, no le siguieron los besos estampados al aire, las palabras dulzonas... Allí todo fue contenido, formal y correcto: apretones de manos en lugar de besos. Lucía propuso celebrarlo con una botella de champán.
-Creía que tu ya no bebías -me dijo Paúl, que curiosamente no dejaba de acudir a cualquier acto público que le pasara por delante. Discreto como siempre.
-Llevo casi seis meses prácticamente sin beber. Ya me he hartado. Me merezco un poco de juerga.
Nos ventilamos no una sino tres botellas de Moët en el bar del hotel, rodeados de periodistas, fotógrafos y espontáneos, que revoloteaban alrededor de Lucía, y del ya consagrado escritor, Iván Ferreiro Rodríguez.
Un fotógrafo se empeñó en beber champán del zapato de mi madre, y ella se deshizo no sólo de los zapatos sino de las medias de rejilla, empeñada en acariciarle a mi padre la entrepierna con los pies desnudos, para mayores risas y festejos de los que se habían unido a la improvisada juerga.

Regresé a la habitación colgada del brazo de Paúl, al que inconscientemente seguí el juego sin más. Con los zapatos en mi mano derecha, tarareando el Bésame mucho en un éxtasis de fervor machinista.
Cuando me desplomé en la cama no podía parar de reír. Paúl se tumbó a mi lado, riéndose conmigo, y así nos quedamos dormidos, la risa aún en los labios, completamente vestidos: él con zapatos y todo, sin haberse quitado el traje oscuro de Armani que seguramente le había costado un ojo de la cara y que se arrugaría sin remedio; yo con los pendientes Tous, complemento antinatural que detesto, pero que mi madre me obliga a llevar porque según su intuición femenina y glamourosa, me hacen más elegante, y la falda del vestido que se me había ido subiendo hasta quedarse arrugada en la cintura; los dos borrachos como cubas, agotados como niños, y mis hermanos, por suerte, sin aparecer.

Cuando volví a abrir los ojos ya era casi de día, y una débil luz rosada se colaba por la ventana. Todo estaba en calma, el silencio era denso. Me levanté para apagar la luz eléctrica, que nos habíamos dejado encendida, y entonces fue cuando sentí en la cabeza la resaca, que me impedía andar derecha.
Apagada la luz, me empeñé en quitarle los zapatos a Pául, pero él, que estaba como un tronco, y que roncaba muy ligeramente, no colaboraba en absoluto, y cuando yo, tras varios esfuerzos inútiles, logré por fin tirar con la energia suficiente como para quitarle uno de los zapatos, salí despedida por mi propio impulso y me caí de culo encima de la alfombra, en una postura tan ridícula, que borracha como estaba, me hizo estallar en una carcajada inevitable.
Fue en aquel momento, cuando Paúl abrió los ojos, y al encontrarme en el suelo, sobre la alfombra, riéndome como una loca, no pudo evitar reírse conmigo, y entonces me alzé como pude y avanzé, patosa, hacia la cama, y borracha todavía me empeñé en hacerle cosquillas a Paúl, y cuando él se defendió, tratando de sujetarme los brazos para inmovilizarme, rodamos por la cama, y antes de que pudiéramos darnos cuenta, ya estábamos besándonos, torpemente al principio, apenas un leve contacto de los labios, más profundamente luego, explorándonos las bocas con las lenguas, saboreando uno la saliva del otro, y no me atreví a decir nada, a reírme, no fuera que de repente cayese en la cuenta de lo que estaba haciendo, una tonteria de borrachos, sin duda, pero una tontería que yo deseaba, y por eso dejé que él tirara del vestido hacia arriba, inclusó alzé los brazos para facilitarle la operación, y luego fui yo la que tuvo que ayudarle a él a deshacerse de la chaqueta, la que desabrochó como pudo los botones de la camisa... y luego, ¡oh, sorpresa!, aquella cosa... mucho más grande de lo que yo la hubiese imaginado nunca, te oigo, te huelo, te empujo por detrás... y luego las caricias, los besos, los abrazos, el cuerpo y la cabeza, lo masculino y lo femenino, Paúl y Olaia.

Un mareo de mezclas de olores: el perfume con olor a cítrico que llevo usando desde los catorce años, la colonia de Armand Basi de Paúl, el sudor de nuestros cuerpos, y la guindilla del pastel, el aroma de... de... de eso.
-Creía que tu yo sólo éramos amigos -dije yo.
-Considera el sexo como una posible opción dentro de nuestra amistad.
-Pero es que yo te quiero.
-Yo también. Te quiero mucho.
-"Te quiero mucho" no es exactamente la frase con la que yo definiría lo que siento. Me estaba refiriendo a un "te quiero" simple, sin el "mucho" añadido.
-¿Sabes? Empiezo a pensar que soy el tipo de persona capaz de quererse a sí mismo o a otro, pero nunca a dos a la vez.
-No digas tonterías.

Hay veces en que la abuela Luz me dice que el día en que nacimos Iker, Idoia y yo, hubo fiesta en el cielo. Dice que nunca había visto esos ojos, los de las niñas; esa sonrisa, la del niño; esa felicidad, la de mis padres.
Cuando papá llegaba a casa por la noche, después de una larga jornada de trabajo, me cogía en brazos y me cantaba:

Vengo de un sitio que sabrás
Viajo de vuelta ya verás
Recuérdame, yo te voy a encontrar...

Viajo con una bolsa gris
Todo es muy bonito aquí
Recuérdalo, tu también bajaste así...

Se paseaba por la cocina conmigo y me hablaba. Me decía lo preciosa que era con el pelo oscuro y ondulado y con los ojos castaños de mi madre.
Me decía que me llevaría a Galícia y que pasearíamos por las aldeas gallegas. Cuanto más cantaba papá, menos lloraba yo, y con el tiempo empezaba a reír.
Cuando yo lloraba por las noches, papá saltaba de la cama en un momento, me cogía en brazos, bailaba despacio alrededor de la mesa del salón, cantándome, haciendo sonidos como si de mi propia madre se tratara. Duérmete, todo marcha bien... Cuando pasaba junto a la ventana por donde entraba la luz de las farolas de la calle, se le veían las lágrimas en las mejillas, y eso era raro, pues él nunca dejaba que le vieran llorar.
Entonces lloraba por mí, mírame, siempre me tendrás... y olía a almendras.

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

Capítulo 6 Novela "El equilibrio es imposible"

Capítulo 6 Novela "El equilibrio es imposible" capitulo 6 de esta novela escrito por meri.

Hoy lacito negro para mí
Hoy la ví bailar entre reflejos, lágrimas, sucesos que han de pasar
Hoy lacito rojo para tí
Hoy lacito negro para mí

La única ciudad capaz de transmitirme el sentimiento de libertad que últimamente necesito tanto es Vigo.
Eso no quiere decir que en San Sebastián no pueda sentirme libre, todo lo contrario, pero siempre ocurre dentro de unos límites que impone el sistema, y en Coia, el barrio vigués que nos vió nacer a mi padre, a mi hermano y a mí, mis únicos límites son mis miedos.

De mayor quiero ser una nómada. Donde haya algo que consiga llamar mi atención, un trabajo interesante o cualquier otra cosa, allí quiero estar yo, ya sea en Lombok, Saõ Paulo, Buenos Aires, París, Kuala Lumpur...
Mi base, el punto al que debo volver es Donostia. Soy española, gallega para más señas, y mi familia y mis amigos son mis raíces y ellos están aquí.

Quiero continuar estudiando en San Sebastián. Tengo varios proyectos para cuándo acabe el instituto, y si tengo algo de tiempo, quiero dedicarlo a perfeccionar idiomas junto con mi hermana, ya que las dos nos defendemos bastante bien con el portugués, pero aún no lo dominamos a la perfección, todo lo contrario a nuestro padre.

Me duele bastante que la gente intente hacernos daño a mi y a mi familia, inventando o manipulando la información. Tengo diecisiéte años y soy una chica independiente, que lleva toda la vida viendo como poco a poco su padre se hace cada vez más popular dentro del mundo literario. Sólo he salido en la prensa alguna vez, cuando me han fotografiado en alguna presentación de algún libro, ya sea de mi padre o de mi tia Lucía, también escritora, y Premio Nadal en 1998 por su primera novela, Beatriz y los cuerpos Celestes. De repente todo ha cambiado, y me he vuelto más vulnerable con según que cosas, y es que no me esperaba nada de lo que está sucediendo, de verdad. Ha sido un "shock". Me ha afectado hasta el punto de no ser capaz de acudir a ningún estreno o presentación con mi familia, porque no puedo soportar los murmullos cargados de envidia y odio y las malas lenguas de solteronas, amas de casa y madres frustradas que se entretienen olfateando en la vida de los demás.

Mi padre más que un líder, es una persona con "ángel", una persona carismática. También me encanta porque es un hombre muy culto. Le apasiona la literatura, la música y el cine. Sabe muchísimo de todo eso, y también de arte. Y como yo he cursado danza clásica durante siete años y hace unos meses he decidido ser actriz, pues hablamos de todas esas cosas.
Papá siempre intenta estar pendiente de todo el mundo que está a su alrededor, y es un ser bastante observador.
Un hombre bastante entrañable, una de esas personas a quien siempre apetece cuidar, abrazar... Iván es puro, limpio, sin maldad... La mejor persona que he conocido, y es un privilegio tener un amigo como mi padre.

Debuté como actriz a los tres años en un capítulo de una serie de Euskal Telebista, aunque la verdad es que no me enteré de nada. La cosa empezó porque una de las mejores amigas de mi madre trabajaba en ETB, y un día necesitaban una niña para uno de los capítulos y me cogieron a mí. Luego me fueron metiendo en capítulos sueltos y me lo pasaba bomba, hasta que mi madre se cansó de llevarme a los rodajes y como tampoco era nada serio, a los ocho años lo dejé, sin importarme lo más mínimo.
Todo eso hasta ahora, que he decidido conectar de nuevo con el mundo de la interpretación, aunque antes debo cumplir con mis obligaciones, y terminar el último curso en el instituto, tal y como les he prometido a mis padres.
Soy bastante aficionada al cine de compromiso, y entre mis directores favoritos hay que citar a Fernando León de Aranoa, Julio Medem, Isabel Coixet, Icíar Bollaín y por supuesto a Gonzalo Tapia.
Ahora más que nunca, existe una gran creatividad en el cine español, aunque falta mucha producción y promoción.

Esta tarde mientras andaba por mi calle, el Paseo de Arriola, iba pensando en mi futuro, en la vida personal de la madre que algún día seré.
He imaginado a Jacobo, mi bebé, el regalo de estar limpia y un nuevo comienzo en mi vida. Jacobo, una oportunidad maravillosa para curar las heridas del pasado.
He visto como me convertía en una persona mucho más feliz, más llena, más relajada, menos egoísta, menos neurótica... ¡Todo lo que yo era con seis añitos!
Una madre emocionalmente mucho más madura, más dispuesta... algún día seré madre y la infancia de Jacobo va a resultar la experiencia más profunda y más enriquecedora para los dos.
-Olaia... ¿Te pasa algo?
-No.
Iba tan distraída pensando en mi pequeño, que no me he percatado de la presencia de Fernando, uno de los mejores amigos de mi hermano.
-¿Fernando? -he preguntado asombrada.
-Veo que aún eres capaz de recordar mi nombre... -me ha dicho mientras sonreía.
-No me lo puedo creer...
-¿Que tal te va todo? -me ha preguntado manteniendo su sonrisa.
-Pues... como siempre.
-¿Quieres tomar algo? -me ha encantado la forma en que me lo ha preguntado, no soy capaz de explicar como ha sido.

Hemos entrado en el primer bar que hemos visto con unas mínimas condiciones. Fernando ha ido al servicio, y mientras tanto yo le he pedido dos cafés con hielo al camarero, que si no he recordado mal, había estado trabajando en la cafetería del Gudamendi. Mientras he esperado sentada, he pensado en los ojos de Jacobo. ¿Serían claros?
¿Oscuros tal vez?
-Te he pedido un café con hielo... ¿Te va bien? -he preguntado preocupada.
-Me va perfecto-. No sé que me ha pasado, pero cada vez ha empezado a gustarme más esa sonrisa.
-Bueno... ¿Vas a explicarme el porque de tu visita? -he empezado a sonreír, a dejar de lado a esa Olaia seria.
-Necesitaba cambiar de aires...
-Te has peleado con una chica... ¿Me equivoco?
-La intuición no te ha abandonado nunca Olaia-. Me ha gustado mucho la forma en que ha pronunciado mi nombre, con un claro acento asturiano... Olalla... Olaya... ¡No, joder! Olaia.
-No te preocupes, que ya somos dos.
-¿Lo has dejado con Paúl? -sus ojos se han abierto excesivamente, aquello me ha asustado.
-Ha sido él quién me ha dejado.
-Lo siento-. Me ha dado mucha rábia que me dijera eso, que lo sentía... ¿El que sentía? La que lo sentía era yo... Era Olaia la que aún estaba enamorada de Paúl... No era Fernando el que se moría de ganas de besarle.
-Me alegro mucho de haberte visto, pero es tarde... -he cogido mi chaqueta y me he levantado de la silla.
-¿Te vas? -me ha preguntado mientras también abandonaba su silla, para quedarse de pie.
En aquel preciso instante me he dado cuenta de que empezaba a llover. He visto las gotas de lluvia resbalar por todos los cristales de aquel café, y por un segundo me he convertido en Rory Gilmore, la de las Gilmore Girls.
-¿Me das un abrazo? -una lágrima de una textura extraña ha resbalado por mi mejilla hasta caer al suelo. Fernando se ha acercado poco a poco a mí hasta quedar frente a frente. Entonces ha estrechado su cuerpo contra el mío, y me ha rodeado con sus brazos, hasta quedar completamente presa dentro de su cuerpo. He cerrado los ojos y en una décima de segundo me he sentido como la niña que aún soy, me he dado cuenta de que no puedo crecer tan rápido como quiero, y por primera vez en mucho tiempo he notado un poco de seguridad en mi misma, casi como Rory Gilmore, la de las Gilmore Girls.

He llegado a casa desprendiendo un olor horrible que no sé de que parte de mi cuerpo procedía, así que he subido directamente al aseo del segundo piso, el que comparto con mis hermanos, y he tomado un baño que me ha relajado bastante.
-¿Puedo pasar? -me ha preguntado mi hermano.
-Dame un minuto para vestirme.
-Rápido por favor, no puedo aguantar más... -enseguida he visto reflejada en mi mente la imagen de mi hermano con el pelo de alguna chica en su memoria, y su mano o tal vez el cielo en su bragueta, intentando aguantar sus incontinencias.
He salido tan rápido como he podido de la bañera, colocando la alfombrilla de los pies
en el suelo, para así no arriesgarme a sufrir ningún resbalón. Después me he metido dentro del pijama, y efectivamente, en menos de un minuto he dejado entrar a Iker.

De nuevo vuelve a repetirse la historia de cada noche, la pequeña Olaia, acosada por el recuerdo, no deja de darle vueltas al mismo asunto de siempre: la idea de olvidar a Paúl ha estado persiguiéndome como una amante despechada durante los últimos meses, y las grietas del techo siguen creando lacitos y más lacitos entre ellas...
¿Por qué tiene que ser así?

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

Capítulo 5 Novela "El equilibrio es imposible"

Capítulo 5 Novela "El equilibrio es imposible" Quinto episodio de esta novela escrito por meri, haber si os gusta...

Me marcho el viernes que viene a Barcelona y me gustaría verte antes para despedirme de tí en condiciones. Como no me fío de tus impulsos, lo mejor sería que quedásemos en un espacio neutral, ni se te ocurra llevarme a uno de esos monótonos cafés del centro que sueles frecuentar a menudo con tu querida madre, que te conozco... Tú dirás.
Lucía

Entró Lucía en el bar con la cabeza alta, segura de que me encontraría esperandola. Yo no sabía que decirle, todo lo que me venía a la cabeza me resultaba melodramático en exceso.
-Hola...
-Qué tal.
Estas frases tan inspiradas fueron lo único que se nos ocurrió decir.
-Te he traído los libros que me pediste.
-Ya...
Lucía se sentó a mi lado e hizo una seña con la cabeza al camarero para indicarle que se acercara a la mesa. Yo observándola, una Olaia ojerosa y cansada, que al poco rato se limitó a estar quieta apurando a tragos nerviosos la Coca-Cola suya de cada día, su bebida fetiche desde que decidió hacerse radicalmente abstemia, al igual que su adorada hermana Idoia.
-Y bueno..., ¿qué tal te va?
-Bien... Bien, apurando las vacaciones. ¿Y tu novela? -por fin me atreví a soltar más de tres palabras seguidas, aunque sólo fuera para escupir aquella pregunta, cuya respuesta me era absolutamente indiferente.
-Bien... He pensado en emplear el tiempo que voy a estar en Barcelona en la reescritura del borrador. Con un poco de suerte podré entregar la novela a finales de octubre.
-¿Dentro de dos meses? ¿Tan adelantada vas?
-Sí, ya ves.
-Ah... Me alegro por ti. -respondí mientras hacía girar el anillo que mi tía llevaba en el dedo corazón de su mano derecha.
-Me lo pasé muy bien contigo en la casa rural que tienen tus abuelos, los estúpidos de mis padres en Galícia, y me encantaría que aprovechásemos estas Navidades para retomar una relación que yo he tenido un poco descuidada en los últimos tiempos.
-¿Te estás poniendo sentimental? -le pregunté mientras dibujaba una sonrisa sincera en mis labios.
-No querida, no te confundas... -empezó a liar su dedo índice entre uno de sus rizos- Sólo digo que si quieres excursiones culturales, me tienes a tu disposición para ir a Beasain, Lasarte, Errenteria, Hondarribia... o cualquier narcosala de Guipúzcoa.
-Bien... ¿Me puedes dedicar Amor, curiosidad, prozac y dudas por favor?

Tan sólo han pasado dos miserables días desde que me despedí de mi tía aquella tarde en el bar, y ya empiezo a olvidar poco a poco los detalles de aquel encuentro, empiezo a tener solamente un vago recuerdo de los ojos tristes de Lucía.
En poco tiempo, me he convertido en la presencia más buscada de este verano. Yo, la "amiga especial" de Paúl San Martín, paseo en bicicleta todas las mañanas por San Sebastián sin dignarme a contestar a ninguna de mis llamadas telefónicas, excepto las de Idoia, claro.

Durante su estancia en la Ciudad Condal, Idoia se ha instalado en el piso que tiene Lucía en la avenida Meridiana. Un piso que mi tía suele frecuentar de vez en cuando, sobretodo en época de publicación, ya que su editorial, Plaza & Janés, se encuentra en el Passeig de Gràcia, y eso le facilita las condiciones de trabajo.
De la vida sentimental de mi hermana, sé que ha mantenido breves romances con varios amigos de mi madre. Entre ellos cabe destacar a Gonzalo, un donostiarra de treinta y cuatro años, que dedica demasiado tiempo a su trabajo en Get In, una empresa de management situada en el Camino Portuetxe.

Dice mamá que la zona de cocinar y comer es como un gran imán que atrae a toda la familia, y que para que funcione a la perfección durante muchos años debemos colaborar en las tareas domésticas de una forma justa.
En la cocina de casa preparamos la cena, alargamos las sobremesas, nos peleamos por el mando del televisor, opinamos sobre la vida de nuestros familiares o seres más cercanos... ¡A veces la cocina es un auténtico hervidero!

Esta mañana me ha despertado Paúl con una de sus impertinentes llamadas telefónicas, y ni siquiera me he dignado a responderle. Tal vez si me hubiera dado tiempo a pensar habría contestado a su llamada, pero el salvaje de Iker me ha quitado el teléfono de las manos, y lo ha lanzado hacia el suelo, destrozándo así mi precioso Nokia 3300 con reproductor de música digital y tonos de llamada avanzados. Mi hermano me sorprende cada día más.

Lo cierto es que las cosas en esta casa no cambian demasiado. Mi padre sigue pasando las tardes encerrado en el estudio con el cartel de "no molestar" colgando del pomo de la puerta, mi madre se ha instalado el suyo propio en el salón, mi hermano sólo sabe reclamar derechos, mi hermana sigue sin llamar... y ahora para rematarlo todo un poco más, Nawja y Eva se han instalado su nidito de amor en la buhardilla. Luego estoy yo, que tengo diecisiéte años, y no sé que hacer con mi vida. Yo, que me paso las mañanas recorriendo San Sebastián en bicicleta para no recordar que echo de menos a Idoia y que me abrazo todas las noches al cuerpo de mi hermano para olvidar que necesito ovillarme entre los brazos de Paúl.

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

Capítulo 4 Novela "El equilibrio es imposible"

Cuarto capítulo de esta paranoica novela en esta ocasión escrito por Marina Francisco.

El piso de mi tía Lucía es feliz. Sí, hoy me he estado fijando. Tiene el típico decorado cibernético, con lámparas de colores, sofás de tonalidades rosas y rojas forrados de pelo de ese suave y cojines con forma de corazón, las cortinas son metálicas... y no sé. Un ambiente raro. Lo siento, las descripciones no son mi fuerte. Bueno, ella es una hortera. Pero a mi hermana le encanta que sea así. “Idoia, no es hortera... es pop.” Pos vale. Es un piso pop, entonces.. patético. En San Sebastián vivía en una casa céntrica, bien iluminada y amueblada. Mi madre se tiró 2 meses para elegir las cortinas del salón que mejor combinaran con las rallas beige del sofá. No sé, me gustaba el ambiente que se respiraba en mi casiña donostiarra. Mis padres se querían e iban al cine cada viernes por la tarde, a parte de las múltiples cenas que solían tener cualquier día de la semana con gente bastante importante pero todos gilipollas. No entiendo como les aguantan si ni siquiera son sus amigos y prácticamente, todos son monotemas: la política. A mi madre no le gusta hablar de comunismo en la mesa, es más, creo que lo que le pasa a esta mujer es que no tiene ni idea de política y se aburre. Me hace gracia verla juguetear con los garbanzos mientras mi padre habla apasionadamente sobre temas intelectuales. Tampoco le gusta hablar de la muerte. Es algo que le supera porque toda su vida ha sido feliz. No recuerdo ninguna desgracia que le haya pasado. Ni ella tampoco. Mi padre sí que lo pasó bastante mal en su adolescencia, pero es un tema que, por ahora, no quiero tratar. Pero ahora dicen ser felices. Son felices. La felicidad de mi padre le llega a partir del fútbol, por eso somos del Celta y de La Real. Bueno mi hermano es del Deportivo, pero no lo dice en casa. Mi hermano es todo un personaje. Ahora mismo no tiene pareja pero no le faltan pretendientes. Y fuma marihuana, pero eso tampoco lo dice en casa. Creo que no se mete nada, sólo fuma. No encuentro la felicidad en los artificios químicos. Aunque tampoco lo he probado.
Me duele despertarme por las mañanas, aquí. En San Sebastián me encantaba, incluso los días de clase. Adoraba sentir el olor a café y a tostadas recién hechas desde mi cama calentita, con mi nórdico azul marino.. ummm... Mi tía no hace tostadas y el café se lo toma en el Bar Manolo, el de la esquina. Perdón, el café no, el carajillo. Asquerosa palabra. Suena a moco. Aquí tampoco hace frío a la hora de dormir, y menos en Septiembre así que no utilizo nórdico. Echo de menos el frío a la hora de acostarse porque aunque sea el ser más ridículo del mundo con esas pintas, adoro poner los calcetines por encima de los pantalones, y los pantalones por encima del jersey para evitar entradas de aire no deseadas. Me envuelvo cuan canelón de Idoia en una mantita azul cielo y me meto en la cama. Entonces empieza el proceso sabana - manta - manta - edredón nórdico hasta el cuello. Y cuando acabo suspiro y cierro los ojos. Es bonito.

Y es que me gusta el invierno. El frío es bello. Y vestirte en invierno es más divertido que en verano. Ponerte leotardos debajo de los pantalones cada día es muy gustoso, y las camisetitas princesa interiores, y las bufandas, y los guantes, y no poder moverte :)
Volviendo a las mañanas donostiarras antes de ir a clase. Mi madre me espera en la cocina calculando a la perfección las cucharadas de cola-cao, lo hace como nadie. Entro y digo: "Hola, buenos días", bueno no, a veces digo "Kaixo! Egun on!" y si mi padre está leyendo el periódico en la mesa mientras come su tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa digo “Ola, Bos días!” que se que le gusta que utilice su idioma natal, pero no importa el idioma, se suelen reír de mí, más bien conmigo.
Nunca me han sido negados los pocos bienes que he querido poseer. Mi familia se lo puede permitir, pero no soy tan caprichosa como mi hermana y más bien me he espabilado yo solita.
Y allí me gustaba la vida, me gustaba buscar la felicidad que tan bien se sabe esconder y hallarla y sonreír y verla en los demás. Porque creo que existe aunque aquí la disimulen tan bien.

Idoia Ferreiro Montero, Barcelona

Capítulo3 Novela: "El equilibrio es imposible"

Capítulo3 Novela: "El equilibrio es imposible" Capítulo 3 de esta novela escrito por meri, espero que no os disguste...

A ver, querida, ¿dónde te metes? He intentado llamarte al movil y, como de costumbre, el timbre suena y suena sin que Idoia se digne a coger el teléfono. Al final me he decidido a escribirte, aunque ya sabes que a mí esto de enviar e-mails no me va. En fin... Lo único que quiero decirte es que llames a casa más a menudo, que mamá quiere hablar contigo, o por lo menos conecta el móvil de vez en cuando. ¡Y no bebas! Y, por supuesto, olvídate de probar polvos (polvos en ambos sentidos) de procedencia desconocida que te ofrezca cualquier tipo de procedencia también desconocida.
Por favor, llámame o envíame un mail. Quiero saber que estás bien. Y sobre todo, no te comas la cabeza con tonterías, que te conozco, dándole vueltas a cualquier tema y buscando razones, culpables o soluciones.
Lo dicho, espero correo. Besos,
Olaia.

Soy hija de un escritor y de una psicóloga, y desde mi niñez he acaparado la atención de la mayoría de mis amigas.
Heredera indiscutible de la imaginación de mis padres, ocupo cada vez más páginas en los diarios secretos de las jóvenes que un buen día deciden ser íntimas mías. Tal vez sea por la fascinación que despierto dentro del sector femenino... o tal vez no.

Mamá dice que Idoia y yo encarnamos a dos modernas y encantadoras princesas de cuento de hadas. También dice que ella, y sólo ella, ha sido testigo del cambio que hemos experimentado a lo largo de estos años.

Las tres tenemos bastante en común, pero sin duda algo que nos caracteriza es nuestra pasión por la comida.
Suelo comer bastante, al igual que ellas, pero obviamente cada una es fiel a sus preferencias. Los fines de semana necesito comer, sobretodo los domingos por la tarde. No puedo creer que haya gente en el mundo capaz de ver Espejo Público sin comer nada. ¡Que valor!
Idoia necesita comer mientras habla por teléfono, hay quién puede pensar que es una maleducada, pero yo pienso que no, porque normalmente sólo habla con amigos a los que cataloga de íntimos...

Todos sabemos cocinar, pienso que todos llevamos ese espíritu gastronómico dentro... excepto mi madre, claro. Papá por ejemplo, cocina de maravilla, a veces nos sorprende con una simple ensalada al queso con oporto, una tortilla de rúcula o unas vieiras al curry... En cambio mamá es todo lo contrario, solo sabe hacer bocadillos, algún que otro postre y poca cosa más.
El año pasado, cuando fuimos a Vigo por Semana Santa, mi madre quiso cocinar... ¡Fue espantoso! Hizo bacalao... ¡El peor bacalao fresco con rebozuelos que he comido en toda mi vida!
Eso no es todo. Hace unos años se llevó el primer premio en el concurso de huevos fritos que se celebró durante las fiestas de San Sebastián en enero.
Cuando se esfuerza, logra hacer los mejores montaditos, chapatas, redondos, canapés, pizzas y tostas de todo Donosti. Aunque cocinar, cocinar, lo que se dice cocinar, no sabe, y eso es algo que sólo puede cambiar ella.

Aunque pueda parecer falso, la comida no ha marcado mi adolescencia, ni mucho menos. Ha sido sin lugar a dudas, Paúl San Martín el chico siete años mayor que yo, al que conocí en la fiesta del 40 cumpleaños de mi madre, el que ha dejado una imborrable huella en mi pasado.

Como ya he dicho, lo conocí en la fiesta que organizó mi madre en la coctelería Dickens por su 40 cumpleaños. Él, como buen hermano pequeño, fue el acompañante de Xabier San Martín Beldarráin, uno de los mejores amigos de mamá, y también compañero de facultad.
Me fijé en él desde el principio. No llamaba mucho la atención, casi pasaba desapercibido en medio de aquella enorme sala infectada por risas mezcladas con el ruido del hielo entrechocándose en los vasos, alegría artificial y olores fortíssimos procedentes de frascos de Chance de Channel, Angel de Thierry Muggler, Light Blue de Dolce & Gabanna, Chic de Carolina Herrera o Eternity de Calvin Klein.
Sin embargo, yo reparé en su presencia casi desde su llegada a la fiesta, y me las arreglé para que mi hermano, que llevaba un buen rato hablando con él, me presentara a aquel chico alto, de melena rubia y lacia, que vestía con unos pantalones oscuros y una camisa gris a juego con su cinturón.
Aproveché un momento en que Paúl fue a servirse una copa, y me acerqué a mi hermano:

-¿Te he dicho alguna vez que eres mi hermano favorito?- le susurré al oído mientras ponía morritos de auténtica actriz de Hollywood, convirtiendo así a Julia Roberts en mujer muerta.
-Olaia, al grano por favor.
-¿Me vas a presentar a tu nuevo amigo?
-Olaia, ese tio te dobla la edad...
-Soy mayorcita querido, sé lo que me hago- le solté con cierto aire de princesita caprichosa.
-¿Mayorcita? Una niña de 16 años que duerme con burbuja de las Super Nenas no puede considerarse mayorcita...
-Bueno... Entonces me lo presentas, ¿no?

Una vez más había conseguido mis propósitos, y al poco rato me encontraba detrás de una de las columnas de la coctelería, metida dentro de una interesante conversación que mantenía con Paúl sobre lo retrasado que iba nuestro país en lo que a cultura se refería, y a la que de vez en cuando algún espontáneo como mi padre se añadía.
Se podría decir que aquella noche nos convertimos en dos conocidos que si querían convertirse en amigos, necesitaban profundizar más en la vida del contrario. Por lo que intercambiamos direcciones de correo electrónico.

La mañana siguiente, me llevé una sorpresa enorme, al comprobar que me había llegado un e-mail de Paúl:

Querida Olaia...

(¡Me llamaba querida! La ansiedad me crujía por dentro, con la memoria de la noche anterior mariposeando en la boca de mi estómago)

...debo de ser el único hombre en el mundo que todavía no está completamente asociado con Internet. En fin, el teléfono de mi apartamento es el 943423547. Espero que me llames en cuanto hayas acabado de leer esto.
Un beso. O más...
Paúl

Subí corriendo, a zancadas, el tramo de escaleras que habían hasta llegar a mi habitación y me abalanzé sobre el teléfono para marcar el número que ya me había aprendido de memoria.
-¿Si?
-Hola, soy Olaia. Acabo de leer tu mail.
-Pues ha sido un milagro, porque justo ahora me iba para el estudio a preparar unos acústicos. -Tocaba los teclados y el piano desde que era un niño-. Si llegas a llamar dos minutos más tarde no me encuentras. Oye, cuando acabe en el estudio me tengo que ir a la presentación del último libro de tu tia Lucía, en la sala de congresos del Amara Plaza. ¿Te apetece acompañarme?

Cómo iba a acompañarle yo a un acto público, si los odiaba, si me ponía enferma en cuanto reconocían a mi padre, si me moría de angustia cuando sospechaba que en los murmullos de la gente que se levantaban apenas mi hermana y yo entrabamos en un sitio público, circulaba un odio contenido, un inmenso río de críticas.
-Sí, claro que te acompaño -dije yo.
-Está bien. Entonces podemos quedar a las seis para tomar un café antes. ¿Te parece bien?
-Me parece bien.
-Pues hasta las seis. Un beso enorme.
-Otro. Hasta las seis.

Y, al cabo de probarme y reprobarme faldas frente al espejo, estaba preparada a las seis menos cinco, con mi falda Lagerfeld y mis tacones, el pelo recepillado y brillante, oloroso a mascarilla Wella de hierbas naturales, ansiosa y expectante. Preparada para Paúl.

En poco tiempo, Paúl y yo nos hicimos inseparables, y me demostró que era la niña de sus ojos, y que se sentía tremendamente orgulloso de mí, de su pequeña "mujercita".
Durante estos últimos dos años, cada 14 de febrero, me ha hecho llegar tarjetas de amor con mensajes empalagosos e infantiles y me ha regalado chucherías tan caras como unos pendientes en forma de mariposa o una auténtica pulsera Dior de plata que nunca he llegado a ponerme.

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

Capítulo 2 Novela "El equilibrio es imposible"

Capitulo segundo de esta novela, escrito por marina francisco, espero que os guste.

No me lo merezco, pero seguiré adelante...
Y sigo. Sigo paseando por las calles de Barcelona, como un alma en pena... Cuando me canso me siento en cualquier portal y observo a la gente. ¿Nunca has necesitado el abrazo de un desconocido? Yo sí, pero nadie se acerca con los brazos abiertos, nadie se da cuenta de que me apago lentamente. A veces olvido que existo. Estoy rodeada de gente, pero sola. Necesito a alguien que esté pendiente de mí y que me diga, de vez en cuando, que respiro.

Me fui de San Sebastián dispuesta a empezar la carrera de periodismo. Llegué cargada de maletas llenas de ilusión. Pero tal vez el contenido se perdió por el camino, porque al dejarlas en el suelo del desván de casa de mi tía Lucía, de Barcelona, no encontré ni una migaja de ilusión por más que busqué.
Ha pasado ya un mes y ni siquiera he llamado a casa. Me da miedo. Sé que voy a llorar cuando escuche la voz de Olaia preguntando “¿qué tal, querida?”, cuando Iker diga “agur yogur”, cuando papá se despida con un simple “bico” o cuando mamá me diga “Idoia, ayer me salieron unos espaguetis a la carbonara deliciosos”, pero yo sabré que no, aunque, mamá, me moriría de ganas de poder intoxicarme una vez más de tus comidas.

Hace dos semanas intenté encontrar el lado positivo al viaje. Salí a la calle dispuesta a comerme el mundo, a empezar de cero. Con el discman en la mano e inundada en una bella canción de Radiohead. Pero nada. Que no.

Y me mareo cuando habla mi tía. Aunque la escucho poco, el sonido que produce su voz me estresa. No es un tono dulce, como el de mi madre, ni tiene acento, como es el caso de mi padre, que su deje gallego produce una cierta sensación afrodisíaca incluso en sus hijas. Su timbre de voz es grave y por las noches afónico. No me extraña. No se calla. He deducido que su palabra favorita es “cuéntame”. “Cuéntame, ¿qué tal el día?”, “Cuéntame, ¿que hacéis en clase?”, “cuéntame, ¿hay algún chico?”, “cuéntame, ¿te gusta esta ciudad?”... Y mientras tanto, mi cabeza canta “Cuéntame como te ha ido, si has conocido la felicidad..” y vuelvo a acordarme de mi madre cantando esta canción en el coche, mientras se da con la sombra de ojos azul Max Factor, mirándose al espejo, con su pelo al viento, Loreal porque yo lo valgo. Entonces me escuecen los ojos y siento ansias de llorar. Hago una vista al aseo, me siento en la taza con la tapa cerrada y lloro tanto que el gato me mira con cara de tristeza. Sí, es que el gato de mi tía vive en el baño. ¿Gato o gata? Ahora mismo no lo sé, porque se llama Ariel como la sirenita o como Ariel Rot. Ya le preguntaré a Lucía cuando tenga ganas de hablar con ella, porque tal y como están las cosas, no tengo ni fuerzas para dar los buenos días. Mi tía cree que tengo una depresión casi tan fuerte como la que pasó Olaia cuando tenía 12 años. Le regalaron un pez para su cumpleaños, Fredy, creo que le puso. Un día caluroso de verano dejó a Fredy en la ventana y sonreí. Inocente Olaia... ¿a quién se le ocurre dejar el pez a pleno sol? Pensé “si el pez se chamusca, Olaia, cogerá una depresión. Bien, así la buena música será su salvación y la educo”. Fredy murió a las 3:30 p.m, hora en la que el sol se hace insoportable. Ese mismo día mi hermana cambió el Caribe Mix 2 por el Manual para los Fieles de “Piratas”. Me siento orgullosa. No hay mal que por bien no venga. Pero en este agujero llamado Barcelona todo es oscuro y huele a gasolina.

Idoia Ferreiro Montero, Barcelona

Capitulo 1 Novela: "El equilibrio es imposible"

Vamos a iniciar un relato que durará 11 semanas, cada semana publicaremos un capitulo, espero k os guste, todos ellos gracias a María Calderón y Marina Francisco

1 capitulo

Mi caballito de mar, mi desequilibrado
Me dejaría matar por una galopada
Mi caballito de mar, mi desequilibrado
Me dejaría matar por ver lo que tú ves...

Aquí estamos las dos. Relajadas con los ojos puestos en una única dirección: el techo. Las dos. A veces siento que en realidad soy una mariposa, que tengo alas, que puedo ser un ángel si quiero. Mi mente y yo relajadas mirando fijamente las grietas del techo.
Son solo las once y media de la mañana. Estoy hecha un ovillo, metida entre sábanas de color blanco, entre nórdicos blancos, hecha un ovillo, entre estas cuatro paredes que son de color azul como el sol en la mirada de...
Hoy lo veo todo transparente. Bueno... todo no, mi pelo sigue siendo castaño. Castaño claro, pero castaño. Yo no tengo el pelo transparente.

Recuerdo que con nueve años me fumé mi primer cigarro. A mí nadie me enseñó a fumar, aprendí sola. Me tragaba el humo e inyectaba sustancias anti naturales en mis pulmones. La primera vez sentí que me quemaba, sentí que algo ácido penetraba en mis bronquios, pero pese a todo eso me gustó.
-¡Eva!
Ella se dió la vuelta rápidamente...
-¿Qué?
...Y yo siempre con la mirada limpia y probablemente un poco triste:
-Quiero otro.

Eva es mi tia. Nos llevamos 19 años. Ella se hizo grande de repente, tal vez un poco deprisa. Todos los besos que ella da, llevan la marca y el nombre del imbécil que un día le robó su primer beso.
Ahora esos besos van de flor en flor. Malherida enamorada.
En realidad es algo así, como de la noche a la mañana pero con un toque homosexual.
Porque mi tia Eva es lesbiana. Es la lesbiana más bonita y más parecida a Björk que he visto en toda mi vida.
Lo cierto es que no parece lesbiana.
Eva, nuestra Evita, la que nos prestaba las botas de militar que un día el abuelo Juan Luis le prestó a ella para jugar a polis y cacos.
Siempre ha sido la oveja negra de la familia. Bueno, en realidad, en mi familia, han habido dos ovejas negras. Lucía y Eva. Las renacuajas deslenguadas de los Ferreiro.
Es que...yo no las considero unos bichos raros, ni mi padre tampoco, pero la abuela Luz sí.

La abuela considera rara a Eva por salir con chicas, cosa que yo veo muy normal, porque si no le gustan los tíos, ¿Que va a hacer? ¿Follar sin sentir nada?
Y a Lucía la tienen como a una pobre desgraciada que va a acabar desamparada solo por trabajar de camarera en un puto garito y por meterse alguna ralla de vez en cuando.

Siento que no voy, que gritar y salir corriendo es necesario y que sigo sin encontrar algo que me divierta de verdad. Como jugar con los coches. O tirar piedras al cristal de aquel portal que tu conoces.

Antes la geografía me apasionaba. Aún hoy me gusta descubrir sitios perdidos en este pedazo de tierra redondita y flotante.
Me acurrucaba en el regazo de mi padre y le escuchaba.
-Olaia, vamos a ver que es lo que sabes de Andalucía.
-¡No! ¡Andalucía no, suena mal! ¡Euskadi por favor!
El me miraba y se reía, me decía que yo era su niña chata, la más guapa, me decía.
-Euskadi ya te las sabes de memória-replicaba el.
Pero es que a mí me encantaba gritar las capitales de las provincias vascas de un tirón. No sé porque, pero me divertía.
-¡Eh papá! ¡Jopeeeeee escucha! Álava capital Vitoria, Gasteiz, Guipúzkoa capital San Sebastián, Donosti y Vizcaya capital Bilbao, Bilbo. ¿Lo he dicho bien?
-Muy bien, muy bien-. Creo que me escuchaba por simple rutina, no porque tuviera ganas.

Siempre con su voz quebrada y con su inevitable acento gallego que tanto me gustaba.
Mi padre, el gran inventor en la vida, en mi vida.
Ojos negros, pelo negro cortísimo con unas patillas finas queriendo quitarse años de encima, boca de piñón y unas manos blancas preciosas.
Papá no ha cambiado en nada. Aún hoy sale al patio en los días de tormenta.
Hizo el servicio militar en San Sebastián.
Allí conoció a mi madre y como quién no quiere la cosa, se fueron acercando e iniciaron su noviazgo.
¿Mi madre? Amaia.
Una mujer de cara hinchada, cabello rubio ceniza creado por L'Oreal Paris ya que en realidad su pelo es castaño, facciones muy marcadas y con mi misma estatura.
Amaia Montero Saldías, nacida un caluroso 26 de agosto de 19... (el año no importa) en Irún, consiguió conquistar a aquel chico de mirada triste y de voz desgarrada, Iván Ferreiro Rodríguez, mi padre.

Papá tiene tres hermanas totalmente distintas.
Como ya he dicho antes, una de ellas es Eva.
Eva tiene los ojos más bonitos de Islandia, seguro. ¡Es que es el clon de Bjork!
Sus ojitos parecen almendras. ¡Joder Eva! ¡Como te admiro y como te quiero!
Hace poco ha vuelto con su novia de toda la vida, Nawja, una chica de Pamplona que bien podría ser una bietnamita más, su padre es de allí.
Según cuenta mi padre en las sobremesas, les va muy bien, y yo me alegro profundamente.

Yo también tengo un pasado, una fecha de nacimiento y dos hermanos.
El 11 de junio de 1985 nací yo.
Una criatura horrible y asquerosa con la piel de color rosa bebé.
A veces pienso que mamá nunca deseó tener otra hija, que con la "parejita" tenía más que suficiente, que yo no fui una hija deseada, pero... también pienso que ahora me quiere, y que se lo noto, aunque intente disimularlo.

A las pocas horas de haber nacido, la enfermera me llevó a los brazos de mi padre y me sentí arropada con su voz. Yo no me acuerdo de nada pero mi hermano Iker sí. El me habla de mi larga e intensa infancia.
Dice que papá me miró embelesado y me dijo:
-Te llamarás Olaia-.

Soy Olaia. Olaia Ferreiro Montero y un 99% de mi está allí, en Vigo, porque nunca me he considerado donostiarra, no puedo esconder lo que siento por Galicia. La luz y el sónido acústico que me vieron nacer nunca me abandonan.

Y ahora cada noche, cuando me envuelbo en las sábanas de color blanco que mamá me compró en Ikea de Alcorcón, me acuerdo de las conversaciones nocturnas con mi hermana Idoia y la extraño. Aquellas conversaciones que ahora hecho tanto de menos.
Aquellas preguntas que ahora no tienen respuesta. Yo siento que no voy. Pero...
¿Quién me dirá ahora que el equilibrio es imposible?

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián