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ALEX

Capítulo3 Novela: "El equilibrio es imposible"

Capítulo3 Novela: "El equilibrio es imposible" Capítulo 3 de esta novela escrito por meri, espero que no os disguste...

A ver, querida, ¿dónde te metes? He intentado llamarte al movil y, como de costumbre, el timbre suena y suena sin que Idoia se digne a coger el teléfono. Al final me he decidido a escribirte, aunque ya sabes que a mí esto de enviar e-mails no me va. En fin... Lo único que quiero decirte es que llames a casa más a menudo, que mamá quiere hablar contigo, o por lo menos conecta el móvil de vez en cuando. ¡Y no bebas! Y, por supuesto, olvídate de probar polvos (polvos en ambos sentidos) de procedencia desconocida que te ofrezca cualquier tipo de procedencia también desconocida.
Por favor, llámame o envíame un mail. Quiero saber que estás bien. Y sobre todo, no te comas la cabeza con tonterías, que te conozco, dándole vueltas a cualquier tema y buscando razones, culpables o soluciones.
Lo dicho, espero correo. Besos,
Olaia.

Soy hija de un escritor y de una psicóloga, y desde mi niñez he acaparado la atención de la mayoría de mis amigas.
Heredera indiscutible de la imaginación de mis padres, ocupo cada vez más páginas en los diarios secretos de las jóvenes que un buen día deciden ser íntimas mías. Tal vez sea por la fascinación que despierto dentro del sector femenino... o tal vez no.

Mamá dice que Idoia y yo encarnamos a dos modernas y encantadoras princesas de cuento de hadas. También dice que ella, y sólo ella, ha sido testigo del cambio que hemos experimentado a lo largo de estos años.

Las tres tenemos bastante en común, pero sin duda algo que nos caracteriza es nuestra pasión por la comida.
Suelo comer bastante, al igual que ellas, pero obviamente cada una es fiel a sus preferencias. Los fines de semana necesito comer, sobretodo los domingos por la tarde. No puedo creer que haya gente en el mundo capaz de ver Espejo Público sin comer nada. ¡Que valor!
Idoia necesita comer mientras habla por teléfono, hay quién puede pensar que es una maleducada, pero yo pienso que no, porque normalmente sólo habla con amigos a los que cataloga de íntimos...

Todos sabemos cocinar, pienso que todos llevamos ese espíritu gastronómico dentro... excepto mi madre, claro. Papá por ejemplo, cocina de maravilla, a veces nos sorprende con una simple ensalada al queso con oporto, una tortilla de rúcula o unas vieiras al curry... En cambio mamá es todo lo contrario, solo sabe hacer bocadillos, algún que otro postre y poca cosa más.
El año pasado, cuando fuimos a Vigo por Semana Santa, mi madre quiso cocinar... ¡Fue espantoso! Hizo bacalao... ¡El peor bacalao fresco con rebozuelos que he comido en toda mi vida!
Eso no es todo. Hace unos años se llevó el primer premio en el concurso de huevos fritos que se celebró durante las fiestas de San Sebastián en enero.
Cuando se esfuerza, logra hacer los mejores montaditos, chapatas, redondos, canapés, pizzas y tostas de todo Donosti. Aunque cocinar, cocinar, lo que se dice cocinar, no sabe, y eso es algo que sólo puede cambiar ella.

Aunque pueda parecer falso, la comida no ha marcado mi adolescencia, ni mucho menos. Ha sido sin lugar a dudas, Paúl San Martín el chico siete años mayor que yo, al que conocí en la fiesta del 40 cumpleaños de mi madre, el que ha dejado una imborrable huella en mi pasado.

Como ya he dicho, lo conocí en la fiesta que organizó mi madre en la coctelería Dickens por su 40 cumpleaños. Él, como buen hermano pequeño, fue el acompañante de Xabier San Martín Beldarráin, uno de los mejores amigos de mamá, y también compañero de facultad.
Me fijé en él desde el principio. No llamaba mucho la atención, casi pasaba desapercibido en medio de aquella enorme sala infectada por risas mezcladas con el ruido del hielo entrechocándose en los vasos, alegría artificial y olores fortíssimos procedentes de frascos de Chance de Channel, Angel de Thierry Muggler, Light Blue de Dolce & Gabanna, Chic de Carolina Herrera o Eternity de Calvin Klein.
Sin embargo, yo reparé en su presencia casi desde su llegada a la fiesta, y me las arreglé para que mi hermano, que llevaba un buen rato hablando con él, me presentara a aquel chico alto, de melena rubia y lacia, que vestía con unos pantalones oscuros y una camisa gris a juego con su cinturón.
Aproveché un momento en que Paúl fue a servirse una copa, y me acerqué a mi hermano:

-¿Te he dicho alguna vez que eres mi hermano favorito?- le susurré al oído mientras ponía morritos de auténtica actriz de Hollywood, convirtiendo así a Julia Roberts en mujer muerta.
-Olaia, al grano por favor.
-¿Me vas a presentar a tu nuevo amigo?
-Olaia, ese tio te dobla la edad...
-Soy mayorcita querido, sé lo que me hago- le solté con cierto aire de princesita caprichosa.
-¿Mayorcita? Una niña de 16 años que duerme con burbuja de las Super Nenas no puede considerarse mayorcita...
-Bueno... Entonces me lo presentas, ¿no?

Una vez más había conseguido mis propósitos, y al poco rato me encontraba detrás de una de las columnas de la coctelería, metida dentro de una interesante conversación que mantenía con Paúl sobre lo retrasado que iba nuestro país en lo que a cultura se refería, y a la que de vez en cuando algún espontáneo como mi padre se añadía.
Se podría decir que aquella noche nos convertimos en dos conocidos que si querían convertirse en amigos, necesitaban profundizar más en la vida del contrario. Por lo que intercambiamos direcciones de correo electrónico.

La mañana siguiente, me llevé una sorpresa enorme, al comprobar que me había llegado un e-mail de Paúl:

Querida Olaia...

(¡Me llamaba querida! La ansiedad me crujía por dentro, con la memoria de la noche anterior mariposeando en la boca de mi estómago)

...debo de ser el único hombre en el mundo que todavía no está completamente asociado con Internet. En fin, el teléfono de mi apartamento es el 943423547. Espero que me llames en cuanto hayas acabado de leer esto.
Un beso. O más...
Paúl

Subí corriendo, a zancadas, el tramo de escaleras que habían hasta llegar a mi habitación y me abalanzé sobre el teléfono para marcar el número que ya me había aprendido de memoria.
-¿Si?
-Hola, soy Olaia. Acabo de leer tu mail.
-Pues ha sido un milagro, porque justo ahora me iba para el estudio a preparar unos acústicos. -Tocaba los teclados y el piano desde que era un niño-. Si llegas a llamar dos minutos más tarde no me encuentras. Oye, cuando acabe en el estudio me tengo que ir a la presentación del último libro de tu tia Lucía, en la sala de congresos del Amara Plaza. ¿Te apetece acompañarme?

Cómo iba a acompañarle yo a un acto público, si los odiaba, si me ponía enferma en cuanto reconocían a mi padre, si me moría de angustia cuando sospechaba que en los murmullos de la gente que se levantaban apenas mi hermana y yo entrabamos en un sitio público, circulaba un odio contenido, un inmenso río de críticas.
-Sí, claro que te acompaño -dije yo.
-Está bien. Entonces podemos quedar a las seis para tomar un café antes. ¿Te parece bien?
-Me parece bien.
-Pues hasta las seis. Un beso enorme.
-Otro. Hasta las seis.

Y, al cabo de probarme y reprobarme faldas frente al espejo, estaba preparada a las seis menos cinco, con mi falda Lagerfeld y mis tacones, el pelo recepillado y brillante, oloroso a mascarilla Wella de hierbas naturales, ansiosa y expectante. Preparada para Paúl.

En poco tiempo, Paúl y yo nos hicimos inseparables, y me demostró que era la niña de sus ojos, y que se sentía tremendamente orgulloso de mí, de su pequeña "mujercita".
Durante estos últimos dos años, cada 14 de febrero, me ha hecho llegar tarjetas de amor con mensajes empalagosos e infantiles y me ha regalado chucherías tan caras como unos pendientes en forma de mariposa o una auténtica pulsera Dior de plata que nunca he llegado a ponerme.

Olaia Ferreiro Montero, San Sebastián

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